Breve historia de Monterrey contada por mi Abuelo en 1964, a manera de discurso para el Alcalde Don Abiel Treviño Martinez

C. PRESIDENTE MUNICIPAL

CIUDADANOS EDILES,

SEÑORES FUNCIONARIOS,

AMIGOS TODOS;

Esta es la primera ocasión que tenemos oportunidad de estar reunidos por algo que es, por una parte, serio y formal, supuesto que se trata de dar nuestro aplauso sin reservas de ninguna especie, a quien ha rendido su primer informe de gobierno municipal, en forma tan brillante y extraordinaria; pero a la vez también es una ocasión de alegría, la oportunidad de hacer presente al señor Alcalde, en efecto, la estimación y el cariño de quienes estamos con él, laborando, de buena fé, con entusiasmo sin límites, por Monterrey, para verlo como él lo ha soñado, cada día mas próspero y más feliz.

Permítaseme, sin embargo, aprovechar este acto de afecto y simpatía, para hacer hincapié en algo muy interesante, en algo que sin llegar a una estadística perfecta, nos da la idea cabal de quienes somos y con quienes contamos, en este Monterrey de nuestros afanes.

Yo estimo en lo personal, que no solo el progreso material anima al ciudadano a vivir en sociedad, si no que también lo empuja el conocer su genealogía, en conocer su pasado, en sentir el orgullo de descender de aquellos cuantos pobladores que fundaron nuestra ciudad el 20 de Septiembre de 1596.

Fueron treinta y cuatro, entiéndase bien, únicamente treinta y cuatro personas, las que se reunieron en este valle que llamaron de Nueva Extremadura, para crear la Metropolitana Ciudad de Nuestra Señora de Monterrey.

Y permítaseme también dar una ligera idea, tan ligera como lo permite la lejanía del hecho y la ausencia de datos, de quienes fueron los pobladores que se dieron a la tarea de poner el cimiento para construir, a través de varios siglos, este emporio industrial y cultural, que el obispo Montes de Oca, el Ipandro Acaico de los Arcades de Roma, llamó Sultana del Norte en el siglo pasado.

En primer término, la figura legendaria de Don Diego de Montemayor el Viejo, que acompañando a su yerno Alberto del Canto funda Saltillo, hombre de quien Alfonso de León, nuestro viejo cronista, decía: “”de calidad, brillo y suficiencia””, y ese mismo cronista Alfonso de León se refería a Don Diego de Montemayor el Viejo, como aquel que había venido a descubrir el Valle de Extremadura y a fundar Monterrey “”por ser Saltillo corto albergue para hombres de ánimo magnánimo””. Conquistador y poblador de cuerpo entero, con las virtudes y las flaquezas humanas de todos ellos. Ante ninguno palidece Don Diego, y no es justo aquí querer desdibujar su figura al hablar de sus flaquezas que obran en viejos archivos. Le avala su carácter extraordinario. Monterrey le debe todavía el monumento que perpetúe la memoria del primer Gobernador del Nuevo Reino de León. Los filólogos que han estudiado la grafología de su nombre, han dicho que su origen parece ser portugués, pero otros afirman, y quizá con razón, que fué un criollo de la altiplanicie, del Valle de Sayula o lugares comarcanos, pero no por eso desmerece su carácter de extremeño o castellano en la recia y autentica sangre mexicana.

Diego de Montemayor el Mozo, también Gobernador del Nuevo Reino de Leon a la muerte de su padre, se le encuentra el año 1600 en la primera acta de Cabildo que obra en los archivos de la ciudad, ratificándosele el carácter de mayordomo de la Iglesia Mayor. Hombre de la misma reciedumbre que si padre, y nacido por el rumbo de Zacatecas, que murió joven, pues dejó este mundo un año después que Don Diego el Viejo, o sea en 1612.

Diego Díaz de Berlanga, escribano que redactó la Acta de Fundación de la Ciudad de Monterrey, primer secretario de su ayuntamiento y por lo mismo mi ilustre antecesor, que jamás perdió su carácter de escribano público, según consta en documentos de la época; fundador de Monterrey y poblador también de sus inmediaciones, cuando formó la estancia que su viuda doña Maria Diaz vendió a Pedro de la Garza, llamada después Nicolas Obispo, que es hoy San Nicolas de los Garza.

Don Diego Rodríguez, Regidor del Primer Ayuntamiento de esta Ciudad, por que así se le designo en su Acta de Fundación, después Justicia Mayor del Reynoso y que, para salvar a la población de las primeras inundaciones, la cambió a donde actualmente está, trazando su actual Plaza Mayor, su Iglesia Manyor y su Casa de Cabildo; poblador también, al formar la Hacienda de San Pedro de los Nogales, hoy Garza García.

Juan Pérez de los Ríos, aquel comisionado por Don Diego de Montemayor el Viejo para llevar a México la Acta original de Fundación, que le fué entregada por el señor escribano Don Diego Díaz de Berlanga, acta que le fué robada en el camino por un tal Juan Morlete, y se presume puede estar, sin embargo, en archivos de la capital del país. Pérez de los Ríos es un auténtico conquistador, que aún antes de fundar Monterrey, aparece acompañando a Gaspar Castaño de Sosa en la expedición a Nuevo México y que por tal puede presumirse que anduvo en otras andanzas similares.

Juan López, de los viejos vecinos que habían fundado la antigua Villa de San Luis por aquel portugués de leyenda, Don Luis de Carvajal y de la Cueva, que pereció en la hoguera por judaizante. Juan López fundó la Hacienda de la Pastora, ese bello paraje que aún hoy es una muestra de lo que, en sus primeros años, fue la región escogida por los pobladores para fundar Monterrey.

Pedro de Iñigo, Alcalde Ordinario de segundo voto de la ciudad, porque así fué designado en su acta de fundación, poblador de los lugares comarcanos al Alto de Carvajal, por el rumbo de Rinconada, y asesinado en la Cueta de los Muertos por los indios salvajes.

Cristóbal Pérez, vecino sin datos relevantes, que lo fué primero del Saltillo, poblador hacia el rumbo de Pesquería Chica, de ese pueblo hermoso que quedó mas chico al restarle la mitad de su nombre, por decreto del H. Congreso.

Domingo Manuel, sin mayor relevancia, pero fundador de la Hacienda de Santo Domingo, que aún conserva su nombre. Fué muerto por los indios en su propia casa y hacienda, para robarlo.

Diego Maldonado, un fundador sin fé en Monterrey, porque a poco de sentar aquí sus reales deja la ciudad, no regresa a ella y se pierden para siempre sus rastros.

Lucas García, fundador de Monterrrey y de Santa Catarina, habilísimo interprete de las lenguas indígenas, principalmente la huachichila, uno de los hombres mas importantes de la época, esposo de Juliana de Quintanilla, de quien deriva este apellido que se perpetuo en numerosos descendientes, gracias a la costumbre de la época de que los hijos llevaran el apellido materno. Pero debo advertir que Juliana de Quintanilla, fué a su vez hija de aquel Capitán Don José de Treviño, que de Durango trajo dos mil vacas y sirvientes y esclavos para poblar la Hacienda de San Francisco, ahora Apodaca, y luego el Topo de los Ayala, que también son Ayala Treviño.

Don José de Treviño fué casado con Beatriz de Quintanilla, por eso Juliana conservó el apellido y se perpetuó el linaje, pero quiero aclarar que hasta hoy vine a conocer este ángulo de mi genealogía, que me dá parentezco muy cercano a los Treviño, pero conste que no lo he explotado, quizá por que no lo sabía.

Alfonso de Barrera, otro fundador de Monterrey, designado también en su acta de Fundación como Alcalde Ordinario de primer voto, como lo fué el antes dicho Pedro de Iñigo Alcalde de segundo voto en dicha Acta. Su rastro se pierde porque no tuvo mayor relevancia.

Martín de Solís, criollo del rumbo de Querétaro, primero vecino de Saltillo con Alberto del Canto, y de quien no se sabe mas que fué el poblador del Ancón, hoy Colonia Buenos Aires, y de la punta de la Loma o Maderos.

Estos fueron a grandes razgos, señores, los fundadores de Monterrey, que como antes decía fueron treinta y cuatro ajecho, o sea grande y chico, como los que saben de artes campiranas.

En 1655, sesenta años después de fundada Monterrey, no llegaban a cien sus pobladores.
En 1700, o sea en los albores del siglo XVIII, llegarían a 1,600, pero ya a mediados de ese siglo se contaban tres a cuatro mil almas. Se inicia el siglo XIX con un censo aproximado de 6,500 vecinos, que a mediados de ese siglo ya son de 24 a 25,000 para llegar a principiar el siglo XX con 63,000 habitantes.

Hoy Monterrey, con su zona metropolitana, se eleva un poco mas de un millón de habitantes, aunque no festejamos al niño millón, por que aquí los millones los tasamos en pesos.

Monterrey tiene hoy tres mil industrias, con una inversión que sobrepasa a los diez mil millones de pesos de capital fijo, su fama es cada vez más grande, su progreso económico mayor, y por qué no decirlo, en gran parte debido a nuestro carácter, ya que Monterrey no se fundó por hombres que buscaban frescura para su cuerpo y tranquilidad para su espíritu , sino por labriegos, por gambusinos, por soldados, por hombres de lucha y de pelea que a través de 368 años han llegado a hacer de ella la segunda Ciudad de la antigua Nueva España.

Cuando alguien, y creo haberlo contado ya a algunos amigos míos aquí presentes, me preguntaban ingenuamente si yo era pariente de los Condes de Quintanilla, nobles que residen en la hermosa ciudad de Sevilla, contesté que yo no lo sabía, pero que si estaba seguro que mi bisabuelo había sido gendarme en Cadereyta y, todavía conservo el sable, como prueba de la limpieza de mi linaje.

Así somos nosotros, que nos reímos de esos títulos de nobleza, por que la nuestra es el trabajo.

Quiero hacer constar la deuda que he contraído con nuestro ilustre archivista e historiador Don Israel Cavazos Garza, cuya visita siempre es grata en una oficina llena de angustias y problemas, dejando como gota de miel y polvo de oro, el dato interesante y desconocido, el suceso para muchos olvidado, el hecho cuya grande importancia se ha diluido con el tiempo, pero que sin embargo él sabe hacerlo nuevo, con su inteligencia , con su honradez profesional, su amor a lo viejo, amor que tenemos todos que agradecerle por ser tan generoso con nosotros que tenemos la suerte de escucharlo y de contar con él.

No quiero cansarlos más, pero sí debo agregar una cosa que me obliga mi nobleza de regiomontano. Abiel Treviño ha dado nuevo sentido a la cosa burocrática, muchas veces anquilosada por razón humana y natural. Abiel Treviño ha puesto un entusiasmo extraordinario en su labor, de tal manera que ha hecho reflejar en nosotros, su carácter y su empeño, su inteligencia natural y su entusiasmo. Nos sentimos obligados, aunque aveces no podemos alcanzarlo , a seguirlo en esta actividad extraordinaria que él realiza por su ciudad.

Es así como Abiel Treviño ha dado, digamos la palabra, màs frescura, alientos mas cálidos pero también más humanos, a una labor administrativa que tendrá que tener, como ya lo tiene, el aplauso y reconocimiento de los ciudadanos de su ciudad, que piensan y obran de buena fé. Que sea ésta, pues, por último, la ocasión que, al felicitar a Don Abiel Treviño en su carácter de Alcalde Primero de la Ciudad, nos permita levantar nuestra copa y brindar con todo cariño, por su salud y por que siga siendo él, en todo tiempo, el que con su ejemplo aliente a quienes vengan aquí en lo futuro a administrar Monterrey.

MUCHAS GRACIAS.-

Isaac Treviño Frías, 1964

Monterrey, Nuevo León, México.

https://twitter.com/comunidadRegia

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